Lenguas.

Y de repente se hizo el silencio en la casa, y dejaron de mezclarse los idiomas…
Ahora no sé qué hacer conmigo.
No quiero decir, sin ti.
Por favor, recuérdame; cómo se dormía sola.
No quiero decir, sin ti.
Ay, joder.
No tardes mucho en devolverme mi canción, que quiero tu lengua para hacer un poquito más casa el huir de las paredes.

Música.

Y de repente la canción

y la lengua

se cuelan en mi boca,

como el humo de un sueño

que siempre fue verdad

pero no podía ser

con los ojos cerrados.

Me toca

y sueno a vértigo …

el dulce vértigo que nunca me sacia.

Y muerdo;

por no gritar

-no tan alto-

Porque ni siquiera sabría qué decir.

Mas que tu nombre.

Música.

IMPROVISACIÓN DE DESPEDIDA. O DE HASTA PRONTO.

(Escrita poco antes de volver de Italia, sentada sobre una slackline colgada entre dos árboles, balanceando heridas [próximas cicatrices]).

La línea del cielo.
Porque a veces, quizá, si no pisas el suelo durante mucho tiempo, no eres lo suficientemente real como para tener una vida; a la que volver/de la que huir.
¿Casa? ¿Quiero?
Y aquí no hay margaritas.
Pero qué bonito todo.
Báilame las cenizas, a ver si creamos un incendio de la nada (mi todo).
Quiero pasarme las muertes en el equilibrio del horizonte que nunca se sostiene… Como una nota de agua caída.
Quiero aprender a volar. Y a caer. Sobretodo caer.
Ay, vértigo, que nunca me quitas el hambre. O la sed, que es más salada.
No quiero volver. No quiero quedarme.
O sí.
¿Y si?
Caleidoscopio. Y girar.
Que no me acuerdo dónde dejé los zapatos, así que aprovecha, y bésame.
Bésame, que puedo respirar, y me ahogo.
A hogar. A mar.
Miradas de agua en llamas, y billetes de vuelta. Y yo con las costillas astilladas, y el olor a madera clavado hasta el agua.
“The road not taken”, y bailes que hacen que se te corra la tinta más que cualquier polvo.
Y no sé si tallarme el “huir” o el “volver”.

Sobre mojado.

Hemos roto
todas las baldosas amarillas que llevaban a nuestro jardín (secreto);
a casa.
Hemos arañado cada mililítro de piel suave y dañada,
hecha río, y océano dulce. Con ganas de ahogar.
De hogar.
Y yo, que no me imaginaba volviendo a escribir sobre mojado.
En un tiempo
-quizá algún compás más-
diremos que no fuimos nosotros.

 

Punto y qué.

Cuando tengas un rato, dame la mano.
Yo pongo la lluvia,
y así nos paseamos
las heridas
por el circo oxidado de los poemas que vuelven.
Vuelven los insomnios
a estar a solas
con el frío de debajo de las mantas.
El teléfono vacío de tu número
de emergencias dolor y emergencias amor
(igual de urgentes).
Vuelve el día que siempre llega.
El día en que desmontan la magia,
y las mariposas del estómago ya sólo son zombies.
Los diccionarios hablan de amputar,
desarraigar,
alejar…
Y yo doy portazos con las tapas de los libros
a las palabras,
y camino los destrozos, de tu mano,
por entre las calles de carpas caídas
y hogares ambulantes en ese punto muerto
entre la visita y la huída.
Casas vacías, desmontadas y dormidas.
Luces apagadas. Música en silencio.
Los carteles ya no rezan a nadie.
El enorme dinosaurio ha perdido su poder,
y ahora traga tierra con las raíces arrancadas,
pero más en el suelo que nunca.
Cuando desperté
ya no estabas allí.

Las mismas palabras repetidas en bucle. Por si fuésemos algo.

Guardo los recuerdos en olores

por si cupiese todo en el subconsciente

de mi nariz.

Me olvido,

y pongo una coma para disimular

el punto y abismo

que sigue a certezas como esa.

Que sigue andando

como si pudiese no bailar,

triste y alegre,

y persiguiendo trenes para dejarlos

ganar.

Ganas de saltar.

De saltarte         encima.

De saltarme       los charcos

que ahogan puertas a medias.

De abrir todas las puertas

y que entres. Olor

a herida

a sangre

a insomnio

a tinta,

a nuevo y a viejo,

a sal y a sol.

A mí.

Voy a reescribirme

desde el olor a nada de las flores secas,

mojando el papel

para recordar que sólo somos

las mismas palabras

repetidas en bucle

-verso y prosa-.

Pero siempre será mejor

lamernos las ruinas,

hasta que escuezan otra vez,

que no escribirnos
(la)  nada.