“Donde solía haber metal”.

Porque todo lo hacemos sangrando, aunque ya no sepamos cortar. Aunque ya no sepamos si estático o en llamas. Aunque ya no sepamos a mar.

El hambre de vértigo, que no nos tiembla, sin encontrar la emoción perfecta, la postura. Y los mordiscos buscando la afinación. Las (de)cadencias adecuadas. Un revoltijo de carne y ecos, y grietas, y vacíos llenos de luz, que son más míos a tientas.

El vaho se nos hace cuesta arriba, y la caricia es tan rápida que levanta la piel, mientras la lengua se convierte en una oración sin fe que suplica que no se lleve también las letras.

Y nos descosemos, y nos quedamos sin aire en un barco que no es de nadie. Ya no llevamos sombrero.

Pero somos capaces de seguir bailando; o incapaces de parar. Y no sé qué más queréis.

Pero yo también.
20120812-170327

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