Minientrada

Y qué más da si todo está bien y mal. Me vuelvo diacrítica entre el cielo de tu boca y el infierno de tus ojos. Canibalismo inherente de un quizá. Y qué sabremos nosotros de signos de puntuación.

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Contra mí (caos).

Se me ha caído un botón del abrigo, Diciembre. Y me miro al espejo, como si el frío (no) fuese yo.
Lo peor es que me devuelve la mirada; claro, los abismos, me olvidaba. Pero no pasa nada, me olvido a menudo.
Mastica los versos de cristal, hasta que sean (des)trozos lo bastante pequeños como para no poder volver a pegarlos. Y trágatelos, con el humo de las ojeras anónimas. Que se confundan en las tripas con mariposas ensangrentadas, a ver si cuela, corazón colador. Bombea la explosión –transversal, a ser posible.- Que te desgarre la garganta como el grito que escondes en la grieta de una costilla.
Veinticuatro costillas.
Horas.
Escaleras.
Pero de caracol, que
duelen más.
Doler. Ojalá supiese cómo. O el qué.
Ya hemos vuelto a las clavículas sin alma, pero armadas de interrogación astillada. Y respuestas sin pregunta al otro lado del oído.
No me mires, por favor, que tienes los ojos co-afilados con la boca.
No te guardes el silencio; escúpemelo.
No me amputes los finales, puta, que los necesito para no respirar.
Ya no sé ni lo que escribo.
Succiona las cuentas de los ojos, a ver si restamos humedad.
Las fechas, las flechas. Lame el cuchillo, corta la sal(iva)____la salida.
Aprende las cerillas. Cenizas.
Sólo sé cerrar los ojos y abrir fuego. Que para disparar contra mí, basta con que mire la del espejo.

-Telón, y final de punto suspendido-.

Poesías en aislamiento prevenido.

Su mano. Mi piel. Ni siquiera me había desabrochado el vestido.
Sentí arcos de impulsos. Me recorrió las vértebras-vértices azules (hasta el silencio).
Vacíos y abismos de punta.
Paró un segundo-eternidad y cogió el bolígrafo. Arrastró pedazos de (sin)sentidos negros y efímeros, y cerré los ojos para imaginar los microorgasmos que me dejaría escritos en la nu(n)ca, como pequeños mordisquitos de promesas por incumplir.
 Después vinieron los mordiscos de verdad.
Y allí estaba yo, sin el resto del mundo, viviendo una poesía en aislamiento prevenido, en los bajos fondos del autobús (o de mis ojos [o de los tuyos]).
Voy a mancharte las medias de pintalabios, vida, que quiero dejar marcas, y hoy todo me sabe a poema.
No sé en qué olor guardar este recuerdo, pero me “sobran” ganas, letras, y acordes. Y algunos tironcitos de pelo.
Mientras, Cheshire con la boca llena, nos sonríe por la ventana; y yo ni levanto la cabeza.

Tenemos heridas para todo (y menos mal).

Que tenemos heridas para todo, y es lo bonito de ser tan pequeños. Que cabemos en cualquiera.

Y en cualquiera nos ahogamos.

Así que quédate a dormir en las grietas-ciudad de mis pulmones, que allí siempre es invierno, y yo nunca sé decidir cuándo es buena idea respirar.

Pero cómo mantener el aliento, vida, si apestas a poesía.

Si tenemos caricias en prosa y orgasmos en verso (sí, sabemos.)

Si se me ha roto una cuerda y he perdido el equilibrio, hasta caer en tus vacíos (o eran vicios, no me acuerdo), donde tenías una de repuesto (igual de rota).

Derrotados por un vuelco de quién sabe qué página, porque existencias no me quedan, y de tinta corrida nunca estamos llenos.

Con ojitos de final desde el principio.

Relamiendo cada muerte, sabiendo del humo (que a pesar de haber tocado tu boca no se hace nube; nunca lo entiendo).

Un caos de letras y ruido, que olvidó lo de más allá, o que lo recuerda demasiado a cada trago (o era paso, quién distingue).

A estas alturas, y tan poco vértigo. Tanta hambre.

Que recuerdos y locuras nunca se habían parecido tanto.

(Puntos suspendidos)

Hasta la próxima.