Las ganas de poesía. Contigo.

Lo bonito de llover sobre mojado es

que me convenzas sin hablar

de que me quede, 

cuando ya me había ido. 

 

O el segundo orgasmo. 

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El “todavía” de los que escriben en pasado.

Quise bailarte de cerca

antes de que bajaras el escalón,

de cabeza a mis tropiezos, 

con la boca aún oliendo a versos. 

Intuía la piedra escondida detrás de tus labios

antes de que me besaras,

y tú debiste ver mi afición por los errores.

No había pasado mucho tiempo

para que hablásemos de echar de menos,

pero me mirabas con ganas

de no estar entre líneas,

y pasamos de los besos a los abrazos

con escala en mi cama

o en hoteles de amor de emergencia.

Todavía no he huido,

y tú me tocas como si fuese el único acantilando

contra el que despeñar el hambre de vértigo.

Pero todavía utilizamos el “todavía”

de los que sólo saben escribir en pasado.

Ambos conocemos el precio de los insomnios ajenos,

y los cambios de estómago;

de mariposa a gusano en medio trazo de vaho.

Y nos aceptamos

la cerveza

dispuestos a pagarnos

las luces parpadeantes

de promesas a lápiz

Susurros de domingo que saben ahogar,

y cuentos de antes de irte

a dormir lejos, sin soltarnos.

Pero llevo coangulados

los vértices azules de tem(bl)ores

de quien espera un final inminente,

como una cicatriz inherente a la poesía

que aún no ha sido herida, pero tiene una copia de las llaves.

 Y miro con miedo tu lado de la cama,

por si aparece la caída que hemos escondido con cuidado,

por cambiar de historia.

Sólo sé esperar

que tú no te eches demasiado de menos,

y que yo no te eche de más

en mis ganas

de convertirme en musa afilada

 en sol menor.

Hemorragia improvisada durante la quinta última copa de cualquier día entre semana.

Quizá sea la erosión de tanto salir sin paraguas

o mis ojos de mirar vacíos;

sólo sé que hemos gastado los prefijos

de meterlos entre paréntesis,

y que comunica la línea fría

que nos hemos pintado en las máscaras.

No soy capaz de bajar la persiana del todo,

ni de abrazar con los cordones desatados.

No consigo terminar

 un puto espacio en blanco.

Ni (la) nada.

Lo único que me queda

por dejarme inacabado

son las copas.                             

Dramártica en verso,

la media tinta que no consigue manchar

las luces intermitentes de las pupilas-agujero negro.

He empapelado

y empapado

mi maleta

con inundaciones arrugadas,

para que “huir” se sienta más bonito,

y las dudas no parezcan tan usadas.

Para que me quepan las líneas fronterizas

del aquí y el ahora,

que escuecen;

que se hunden

                hasta el fondo

como fotografías del pasado grabadas en la piel.

Mis complejos nocturnos

 de pirómana,

revueltos con las nostalgias fugaces

de perseguir deseos a tientas

y tentar a la suerte con vidas de más.

Al fin y al cabo, no es más que un decorado.

Giro de caleidoscopio, y los párpados caen justo en el portazo.

Con el telón,

y con signo de interrogación concluido.

Un cortocircuito. Una implosión.

Hidrógeno en contacto con la piel adecuada.

Tacto de acelerador particular.

Fisiones nucleares,

coartadas de raíz.

El caso es descuartizar.

No importa dónde,

sólo que esté lejos.

 

 

 

Ancla y ceniza.

Hablamos de los hombres grises desde sus maletines,

quemados por sus cigarrillos

y consumiéndonos con los nuestros.

Su perra, Utilidad, juega a lanzarnos metas que no queremos;

y aún así corremos a por ellas,

como el sentimiento desteñido que intenta ser máscara

y cubrir la masacre.

Los cadáveres que dejaron los cimientos

mucho antes de ser algo (y caer, y arruinarnos).

Mucho antes de ser ruinas de bosque,

y ciudades en pulmones encharcados de negro.

La pequeña niña que quería salvar el tiempo,

ahora lo mata

y se mata

entre papeles oficiales

plantas de oficina sin regar

y mentiras (tamaño y fuente a elegir).

Los cuentos de antes

de dormir

se han convertido en poemas de insomnio.

Frases en “replay”.

Vestidos de colores,

y fotografías en blanco y negro.

El futuro no recibe cartas escritas a mano.

Quién sabe qué de los signos de puntuación

(sin prosa, pero con muchas pausas).

Huesos huecos,

diacríticos en pupilas-mar

que intentan aprender a volar

sin soltar el ancla.

Anclajes de rotos y derrotas

que se empeñan en coser grietas

en vez de intentar tirarse en ellas

y dolerse un poco.

Sirenas sordomudas

de pecera y bajo en sal.

Ventanas cerradas, y la lluvia sin saber por qué.

Tinta seca,

ojos apretados.

Labios apretados.

Puños apretados.

 

En fin. Que mañana es lunes

y qué asco da

caminar con rumbo,

y los aviones de papel mojado

que no llegan tan lejos

como yo quiero (hu)ir.

De cuando tocamos las heridas con palabras.

No quería moverme. Por si me rompía.

Por si se rompía.

Tampoco habría sabido dónde ir.

Estaba muy guapa, tan triste,

y no era justo, porque venía con los labios temblorosos de adiós.

Traía los ojos como ramos de flores secas

empapadas por la lluvia

y no pude evitar ver, como en un charco,

las tardes de verano corriendo bajo la tormenta,

con los vestidos pegados al cuerpo,

y los parques inundados de nosotras.

Me abrazó fuerte, como por no caerse,

o por tirarse de cabeza,

y la miré de reojo.

La vi

como un trocito de electricidad deshecho en mi cama,

muriendo de calor y de fuego

y me sentí

sentada a su lado con cara de idiota,

como un invierno estropeado que no puede parar de nevar.

Por un segundo sentí aquella habitación lejos del mundo

donde dormíamos más desnudas que nunca,

justo después de los besos en la cima helada del mundo.

Sé que vas a leer esto

porque siempre arañamos por la espalda,

por las letras.

Como empezó todo,

porque “sólo hay dos certezas en esta vida”,

y claro, las dudas se dedican a descuartizar cuerdas flojas.

Hasta que nos caemos del escenario…

y no queda ni telón que bajar.

Y ahora qué…

Ahora, y antes, y después.

Tés que no son tés, y otros secretos mal guardados.

Que te quiero, joder, te quiero.

Y ojalá el adiós sea un hasta luego.

Abismos con sabor a sucedáneo.

Se os caen los versos de plástico,
que hablan de quemar con cigarros calendarios y relojes
en vuestros cuadernos planeados.
Me dan ganas de vomitar vuestras borracheras excesivas
de “mira, cariño, bebo como un pirata, tienes que quererme”.
Vuestros pies descalzos que no sienten la carretera,
vuestra ansiedad calmada,
vuestros suicidios de niña cuerda asegurada al puente.
Ese tono de ensayo frente al espejo aunque diga que no soporto mi reflejo,
las rimas,
los puntos bruscos separando palabras que decís aunque no os digan nada…
los puntos suspensivos.
Las ganas de libertad falsificada, la solidaridad por ver si me ligo al de la pancarta.
Las lágrimas de cocodrilo, aunque esto ya no vaya de cuentos
ni princesas.
Ahora somos putas de poema.
Y es que no sangráis las letras, las escribís;
con premeditación y alevosía, os lo aseguro.
No somos más que palabras limitadas en bucle;
círculos viciados.
Pero habláis de adicción desde la costumbre
y de doler, sabiendo que no sabemos.
Vamos a beber vino, a meter un libro decorativo en el bolso,
y a llenar los bares de poesía; en venta, a juego con los cuerpos.
-Mencióname a “Buckowski” y es todo tuyo.
Qué pena, las penas de fotocopiadora.
Qué desastre las páginas ordenadas, sin arañazos en los márgenes
que sean caos sin hablar de él.
Tranquilos, que si me veis llorar os dejaré
pensar que es con vosotros
y no por vosotros;
y aún más
por la literatura.

A la mierda.